Camita para perritos

Mis dos perritos son aún pequeños y, por lo tanto, aún muy traviesos. Les encanta dormir en un cojín, pero en cuanto los dejo solos, se las apañan para destrozarlo. Buscan la cremallera, la parten y luego… pues ¡a sacar el relleno!

El otro día haciendo limpieza, a mi hijo se le cayó una manta que le poníamos en invierno para dormir a los perritos. En cuanto la vieron, se subieron encima, aún con calor. Entonces se me ocurrió que podía hacerles yo una camita sencilla usando de relleno esa manta.

Me puse manos a la obra, y parece que el resultado les gustó. Ya lleva tres días hecha, y aún no han podido romperla.

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Otra forma de terapia

No a todo el mundo le gustan las labores. De hecho, hay personas que se ponen incluso nerviosas cuando intentan realizarlas. 

Yo he descubierto hace poco que me relajo también con el cuidado de las plantas… ¡Y es algo asombroso! Porque siempre he dicho que se me mueren hasta las plantas de plástico. De hecho, la persona que siempre ha cuidado las plantas en casa ha sido mi marido.

Ya tengo una pequeña colección en mi terraza, y cada una de ellas tiene una pequeña historia. Estas historias son las que me hacen quererlas y cuidarlas. Como premio, ellas crecen y me dan ánimo para seguir.

 

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La primera planta en ocupar un lugar en mi terraza fue este poto.

Lo vi en un supermercado, al hacer la compra. Hubo una conexión entre la planta y yo. Era preciosa, y pensé: “aquí no la riegan ni la cuidan lo suficiente, así que se viene a mi casa”. Tuve que pagarla, claro. Pero me la traje.

¡Qué bonita quedaba en mi terraza! La coloqué en un lugar destacado, para que lo vieran todos los vecinos. Y a ella le gustaba. 

Solo me duró una semana. En un descuido, los perritos de mis hijos se hicieron cargo de que la pobre sufriera… Cuando vi el desastre en la terraza, no sabía si reir por la cara de culpables que tenían los cachorros, o si llorar por lo que le habían hecho a mi planta.

Primero les regañé y les leí la cartilla. Mis hijos me ayudaron, y al mismo tiempo se reían. Decían que estaba hablándoles como a humanos. Sé que por el tono supieron que no podían tocarla de nuevo.

Luego, me puse manos a la obra para rescatar a mi poto. Tan solo quedaban las raíces intactas. No suelo rendirme y, bajo la atenta mirada de mi hijo mayor, me dediqué a remover la tierra, ordenar las raíces como pude y a replantar los tallos que quedaban con hojas. Lo hice todo con mucho cariño, pero os confieso que sin saber si iba a dar resultado.

Pues ha tardado la friolera de un año, pero mi poto no solo ha resucitado, sino que además está precioso. Mi hijo dice que con lo terca que soy, no tenía más remedio que crecer. También él está loquito con mi planta… Y por si acaso, la he puesto en alto y con dos regaderas como parapeto para que los perritos no vuelvan a tocarla… POR SI ACASO…

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Aplicaciones de ganchillo

Puedes hacerlas de diferentes formas: cuadradas, pentagonales, redondas, hexagonales, etc. Uniéndolas puedes realizar cualquier proyecto.

Como puedes ver, aquí aparecen las matemáticas. Como le suelo decir a mis hijos y a mis alumnos, las matemáticas están en todas partes. Sin darnos cuenta, las aplicamos para realizar nuestras labores.

Por ejemplo, si elegimos una aplicación cuadrada sencilla para realizar un cojín, haremos los siguientes cálculos:

Si el cojín mide 24cm x 24cm, necesitaremos 9 aplicaciones para obtener el cuadrado por una cara del cojín. Si queremos que las dos caras estén formadas por aplicaciones, necesitaremos 18 aplicaciones.

 

El ganchillo y el punto como terapia

Mi marido padece Alhzéimer desde hace ya ocho años. Yo soy su cuidadora.

Siempre ha sido un hombre muy activo, y difícilmente se ha sentado tranquilo en el sofá del salón. Solo lo ha hecho al acabar la jornada laboral, agotado.

De lunes a viernes acude al centro de día para los enfermos de Alhzeimer y otras enfermedades neurológicas, aquí en Rota. Cuando voy a recogerlo por la tarde, siempre está de pie. No se sienta.

Pero logro que se siente cuando llegamos a casa, siempre y cuando yo me siente a su lado.

Cuando él  ve que cojo mi cestita o bolsa con mi labor, ya sabe que me voy a quedar sentada un buen ratito. Se relaja y me deja hacer. Suele realizar algún comentario acerca de mi labor (cada vez habla menos), y eso nos sirve para conversar unos minutos.

Entonces se relaja y duerme una siesta (siempre y cuando no me levante yo, porque lo siente). Y yo realizo mi labor. Así voy creando y disfrutando, relajándome yo también.

Estoy segura de que muchos estaréis en situaciones parecidas a la mía. Cuidando a algún familiar día a día. No desesperéis. Intentad buscar algunas metas sencillas que conseguir  que podáis realizar en casa, como sencillas labores.

Yo no puedo quedarme quieta en esos momentos, porque los nervios que voy guardando a lo largo del día suelen aparecer en forma de picor. Y sí, me rasco mis propias manos. Como no puedo dejarlas quietas, las muevo.

Ahora mismo me estoy relajando escribiendo esto.

Soy maestra, y puedo aseguraros que mi trabajo es mi terapia. Me encanta mi trabajo. Mis niños (mis alumnos) me hacen sonreir a diario. Ellos me cuentan sus historias, dándoles una gran importancia, como por ejemplo cuando se les cae un diente. Su imaginación y sus ganas de disfrutar la vida son mi mejor regalo en el día a día. Y aprenden todos los días algo, disfrutando, y me hacen aprender a mí también.

El otro día abrí mi correo y  me encontré un mensaje en el que se me avisaba que tenía una nueva seguidora en mi blog. Este blog lo había casi olvidado, de veras. Y pensé que este podía ser mi objetivo estas vacaciones, darle vida de nuevo a mi blog, tan olvidado y abandonado. Así continuaré teniendo alumnos, a través de la web.

De modo que aquí estoy escribiendo, teniendo como objetivo compartir mis labores con vosotros.

Espero que os guste.

Manme